Anatema

24 Ene 2010

El mismo día que Fer avisó de que Anatema estaba a la venta, me pasé por la fnac y lo compré. Un tiempo después, le contaba entusiasmado a mi Ali las cosas que pasaban en el libro, y ella me dijo “ya lo sé, lo pone en la sinopsis”. Entonces me di cuenta de que no la había leído.

Si eres de los que leen las sinopsis de los libros, tampoco te fíes de la de Anatema. Aunque es cierto eso de los alienígenas, religión y política, el libro es en realidad una narración que sirve como excusa para comentar una teoría existencialista platónica “con amiguitos”: si recuerdas lo del mundo de las ideas que estudiaste en el instituto, medio libro te será familiar. El otro medio es mecánica cuántica del montón.

Hay dos cosas que me han sorprendido bastante de este libro. La primera es el cambio de estilo, mucho más serio, sin el gamberrismo que le caracteriza, se podría decir que es casi maduro. La segunda, la costumbre que ha adoptado de huir de las explicaciones. Acostumbrado, de cierta forma, a encontrarme capítulos enteros que explican con detalle el funcionamiento de un ataque tempest, veo que en Anatema algunas ideas clave en la novela -y algunas que ciertamente no lo son pero que resultan igual de inquietantes- se citan, se dejan caer, se comentan en un mísero parrafillo, cuando merecen varias páginas de atención. De hecho, en una entrevista, Stephenson admitió que cierta idea que no se explica en el libro es fundamental para entender la novela.

Esta clave es la siguiente: para pasar de un argumento A a otro argumento B se debe coger información de B y plasmarla de forma física en A. Para mantener la inviolabilidad de las leyes físicas, el argumento A necesita cambiar de dirección y converger a un punto donde la información que se extrajo de B sea efectiva. Creo que es una teoría suficientemente interesante como para desarrollarla, y a medida que pasan las últimas páginas del libro te angustias pensando que no llega el momento en que se explique esta clave. Efectivamente, no llega. Como tampoco llega la explicación de cómo son capaces de separar la información real del Retículum de la información errónea que se sintetiza sistemáticamente.

Esto no significa que la novela decepcione. A mi, al menos, no lo ha hecho, he disfrutado con ella. Me ha gustado mucho la forma en la que describe el planeta donde se desarrolla la acción: en primera persona y a través de la vida diaria del protagonista. Es una dosis de realismo que se agradece en una obra de ficción especulativa, en contra de la ciencia ficción tradicional donde naves espaciales disparan haces de láser de escasos metros de longitud a velocidades newtonianas y todas esas cosas. Stephen King dice que la clave para escribir una novela de ficción es ser creíble. Puedes escribir sobre fantasmas o sobre extraterrestres, pero la novela tiene que ser creíble. Creo que esto es una máxima en Anatema: llega a ser agradable encontrarse con una novela donde la gente no se reúne para tomar una decisión en diez segundos y acto seguido ya se encuentran en naves espaciales peleando contra la Estrella de la Muerte, ni donde de repente los protagonistas necesitan viajar a Londres y sorprendentemente aparece un amigo que tiene un avión privado. Aquí las decisiones se discuten, los políticos se pelean, los científicos realizan observaciones y hacen experimentos para obtener modelos, y los astronautas se entrenan para calcular el azimut y el tiempo de propulsión para desplazarse por el espacio en sus trajes espaciales, y donde si fallan tienen que esperar unas cuantas horas para situarse de nuevo en una posición de la órbita donde puedan ser rescatados. Eso es una historia y lo otro son historietas.

Una vez hice un curso en Colmenarejo sobre sistemas embarcados en la industria aeroespacial. Uno de los ponentes trabajaba en la ESA y nos comentaba con mucha gracia que en las películas, cuando el espía malo entraba en la embajada de turno, los buenos apretaban un botón y el satélite en apenas unos segundos se colocaba encima de dicha embajada para hacer las mejores fotos de la Historia De Las Fotos Por Satélite. En el mundo real, el satélite está orbitando a su bola y las fotos se hacen cuando el satélite pase por allí. Y a veces hay nubes. Esa diferencia entre a lo que estamos acustumbrados y lo que es físicamente posible es lo que Anatema ofrece como novela de ficción.

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